EL FUTURO ES HOY | Black Mirror

Gonzalo ValdezGonzalo Valdez

 
Un día cualquiera en mi Facebook, una ventana de chat se abre. El mensaje es de Lora, una amiga que comparte la misma adicción por las historias que yo.
 
Ella me dice: Mirá Black Mirror, es increíble. Haceme caso que no te vas a arrepentir 
 
Yo: ¿Qué es?
 
Ella: Una serie inglesa. Dos Temporadas de tres capítulos. Cada uno dura cuarenta y pocos minutos. 
 
Yo: Bueno, dale.
 
No le pregunté nada más. Si hay una cosa que me entusiasma tanto como descubrir algo es que otra persona que aprecio comparta sus propios descubrimientos. Las redes sociales son expertas en la noción de “compartir” e internet modernizó hace rato el concepto del “boca en boca”, aunque no sé hasta qué punto es digno de confianza, pero teniendo todo a un click ¿quién se lo puede cuestionar? 
 
 
 
 
¿Qué es Black Mirror?
Black Mirror es la metáfora a la que estamos expuestos cuando miramos la pantalla de un smartphone, un televisor o un monitor cuando está apagado.  
 
¿Qué nos dice esta metáfora? 
Que lo conteste el creador mismo de la serie, Charlie Brooker, guionista, locutor, humorista y periodista, un todo terreno. Brooker  define su serie así (cito a Wikipedia en esta línea que nos sirve como premisa, una poderosa premisa):   
 
"Si la tecnología es una droga -y se siente como una droga- entonces, ¿cuáles son los efectos secundarios?”
 
Quizás no nos dé una respuesta ya masticada y procesada para que podamos repetir como loros… Qué pena, ¿no?. La serie ofrece la opción de que pensemos nosotros (si, de verdad lo digo) aunque más de un capítulo nos deje en un lugar incómodo para la reflexión.
 
 
 
 
Black Mirror utiliza la tecnología como un elemento dramático que lleva cada historia. Y la verdad es que el resultado es por demás inquietante. A lo largo de seis episodios (la segunda temporada se transmitió este año), la serie expone un crisol de relatos muy variados.
 
 Si tenemos que encasillar a la serie en un género, Black Mirror es una serie de ciencia ficción. A grandes rasgos, la ciencia ficción siempre toma un problema social, humano o cultural como conflicto y lo traslada a un mundo lejano, a un futuro distante, con tecnologías desconocidas, sean probables o no. Y digo esto porque para aquellos a los que les sea ajeno este género me gustaría aclarar, en lo que a mí respecta, que ya estamos rodeados de elementos propios de un mundo fantástico digno de cualquier novela de ciencia ficción. Un ejemplo de esto sería decir que, durante el auge de las descargas directas o mediante gestores de descarga, la impaciencia de querer ver los capítulos de cualquier serie está saciada gracias a un click del mouse o el teclado. Es más, un poco antes de que los celulares y los televisores empezaran a tener el mote de “Smart” pensé que la televisión tenía los días contados. Sí, fui un iluso. Pero ahora los medios de consumo dan revancha y se adaptan, queda mejor decir: se actualizan. 
Definitivamente, la tele se actualizó y dejó de ser “la caja boba” para ser algo más atractivo y peligroso aunque no nos importe o no nos demos cuenta de eso. 
 
 
La televisión retomó su poder de una manera bestial en comparación al terreno que tenía y todavía tiene ganado la computadora, ofreciendo servicios pagos de descargas de películas: On Demand de Cablevisión, Netflix, Movie City Online, Cuevana, etc. 
 
 
 
 
Y no te preocupes si no tenés televisor, seguro tenés computadora y/o celular. Y es así que uno de los puntos más interesantes de todo es que la tecnología –así como el drama que Black Mirror presenta- es demasiado cercano a nuestra cotidianeidad. Entre tanta actualización de estado, contestarle al Facebook en qué ando, qué pienso o cómo me siento, puede ser que con el discurso el relato quede atrasado, pero eso es algo comparable a la velocidad misma de la tecnología. Cuando todo es hoy, ya, en el instante, el pasado se va transformando en una acumulación de momentos ínfimos y de a ratos… superfluo. ¿Qué sostiene esto que estoy pensando ahora mismo? Bueno, aquí un decálogo arbitrario que podría ser interminable para bien o para mal, si quisiéramos:
 
 
  1. Hoy en día vemos series (desde LOST que lo hacemos) de a tres, cuatro capítulos.
  2. Nos conectamos al Facebook a ver quién pone “me gusta” a qué
  3. Estamos pendientes de quién se conecta al chat, esperando poder juntar las ganas de hablarle a alguien determinado o preguntándonos  por qué no nos habla ese alguien de una buena vez.
  4. Vemos fotos de gente desconocida. 
  5. Twitter parece ser una competencia para demostrar quién es más gracioso, ingenioso en cuarenta caracteres máximo. 
  6. Consumimos pornografía.
  7. Difundimos nuestra propia producción.
  8. Subimos fotos de nuestros momentos felices, filtrando aquellas en las que salimos mal.
  9. Generamos pequeñas discusiones a la vista de cualquiera de nuestros contactos.
  10. Dejamos claro cuál es nuestra situación sentimental, dónde trabajamos y qué nos interesa.  
 
 
¿Cuáles son los efectos de nuestra adicción? 
Supongo que la respuesta inmediata es la alienación, por un lado, y por otro, la necesidad de mostrarnos, de hacer nuestra vida pública de una forma consciente. Ir entregando tan de a poco nuestra intimidad que casi no molesta, todo lo contrario, se disfruta. Pero hay algo que surge en el momento de cuestionarse todo esto y que si lo pensamos un poco queda claro: No culpe a la herramienta, culpe al usuario. Tranquilamente esta frase podría pasar por proverbio budista. 
  
¿Vamos a dejar de mostrarnos? 
Aparentemente no. Es indiscutible que la tecnología nos reafirma como espectadores y ahora, más que nunca, como protagonistas, apoyándose en el hecho de que hay espectadores para nuestro entretejido virtual de opiniones, fotos, videos y vaya a saber qué más. Pareciera que en algún momento hubiéramos dejado de sentirnos protagonistas de nuestras propias vidas y necesitáramos ser vistos, compartidos y comentados. Ahora estamos de los dos lados de la pantalla y a la vez, atrapados en el medio. 
  
Al final, solo me queda una pregunta antes de apagar la computadora:
 
¿Con que aplicación actualizamos el mito de la caverna de Platón?
 
 
 
 
PD: Uno puede leer la columna de Charlie Brooker en The Guardian UK  o seguirlo en Twitter