Bares y librerías, el circuito inevitable.

Christian Kessel Christian Kessel DEA en Filosofía y Estética, por la Universidad de Barcelona.

La Ciudad de Buenos Aires es conocida por sus mezclas. Fue hace siglos un puerto de traficantes, luego la cabeza de un virreinato, fuente de legalidad para un extenso territorio por el que todavía circulaban mercancías proveídas por una comunidad más rica en trampas que en leyes. En sus tierras el dominio oligarca y olas de inmigración europea se fueron cruzando con la simiente americana, las responsabilidades de la capital de la República y el magnetismo económico. El resultado es un mestizaje en el que no dejan de crecer ideas, artes y cualquier tipo de acontecimiento vital.


Hay infinidad de confluencias, pero desde hace décadas la vida cultural porteña se repite en dos series: bares y librerías. El acervo de la Ciudad también se alimenta de fuentes variopintas, accidentadas, callejeras, sofisticadas, pero buena parte del cotidiano local gusta identificarse con estos lugares de encuentro. El otro-determinado está en el lomo de los libros así como comparte una mesa. Para el otro-indeterminado quedaron las canchas y el teatro, el revés en la trama local, donde la retórica del histrión y la potencia del coro popular generan a su vez debates de café que a veces terminan sedimentados en algún libro.

No falta quien haya comparado a la cancha con un teatro, o quien encuentre la alegría del juego y la pasión en un escenario, esas series se cruzan, incesantes comparten su potencia espectacular. Así también en los bares se dan lecturas, y en las librerías se anticipan cafés. El circuito inevitable compuesto de solapamientos de agenda, anhelos, dispersión o celo quiso que el genio porteño los sintetice en una extraña comunión.

En Eterna Cadencia Libros del Pasaje el riesgo del equívoco se achica. Los locales palermitanos permiten retirar ejemplares de sus estanterías y sopesarlos en sus bares, ubicados ambos en el centro de su volumen. Eterna… tiene además una exquisita editorial, una terraza inmensa y el hábito de presentar libros o auspiciar charlas, y en su bar dan la oportunidad de calmar el hambre, corregir la lectura con un trago o perpetuar la tradición del café. Los libros del pasaje van mejor con sánguches, cafetería o jugos, y ambos dan el lujo de estar en un bar con vista a una librería.

En Clásica y Moderna la relación de fuerza no es tan pareja. El tremendo bar sobre avenida Callao, bien conocido por su belleza y espectáculos, contiene en un rincón una librería de arena, a la que extrañamente nunca le falta ningún volumen. La Quimera del Arte elaboró una serie, el bar te entrega a una librería especializada y el local te invita a una pequeña galería. La integración es evidente o discreta depende el ojo del visitante. A la extensa pared derecha la recubren libros de arte, pero la vidriera expone al bar y la publicidad atrae público a sus exhibiciones. 

Tal vez originadas en la coincidencia de bares próximos a librerías —en distancias reducidas por el invierno o la curiosidad—, o en el devenir comercial del diálogo íntimo con la biblioteca popular, personal, estatal, la mezcla o la remezcla que tiene a estos lugares abiertos, no iguala sus propuestas pero anima la búsqueda vital de quien se siente a mejor amparo tomando un café en una librería o de quien cuida el mango relojeando los libros con tranquilidad sin querer bloquear el paso antes de decidir si pasa por la caja.