La milonga sigue donde estaba

AmmiEliaAmmiEliaPeriodista

La perdida cultura porteña… ¿qué nos pasó? ¿Dónde están los grandes artistas, la buena música? ¿Qué pasa con esta juventud que está perdida? ¿Dónde está la cultura? … ¡Más viva que nunca! ¿En qué tupper viven los que repiten como loros esas frases? En una época revolucionaria a nivel social, económico y tecnológico, lo viejo se resiste a irse, para variar. Y la cultura no está exenta. Los viejos rockeros, rebeldes sin causa de su tiempo, son muchas veces los mismos que hoy no se cansan de repetir que “la música de ahora es una mierda”, y yo me acuerdo de un diálogo muy interesante entre Homero Simpson y su padre, Abraham.

Homero: Tú no entiendes papá, no estás en onda.

Abraham: Yo sí estaba en onda, pero luego cambiaron la onda. Ahora la onda que traigo no es onda y la onda de onda me parece muy mala onda. ¡Y te va a pasar a tí!


Homero: Para nada maestro. Nosotros vamos a rockear por siempre. Forever… forever… forever…

Y pasaron los años y el rock and roll se transformó en el nuevo mainstream, en la nueva “buena música”, y lo diferente que emerge quedó nuevamente como lo criticable, incomprendido. Pero cabe la humildad de preguntarse ¿por qué está tan instalado que la música de hoy no es "buena música"? ¿No hay algo de cierto en eso? Sí, por su puesto. Unas cuantas horas de dosis continuada de las principales estaciones de radio bastan para caer en ese lugar común y pensar: “¡Qué música de mierda!”.
Pero, ¿cuándo la cultura porteña estuvo de oferta en las vidrieras del mercado? En la milonga se bailaba y se escuchaba el mejor tango de Buenos Aries. En los prostíbulos y entre “la peor caluña” de la sociedad porteña fue que nació el símbolo nacional que nos identifica en el mundo. Sin mayor campaña de marketing que el boca en boca se hizo nacional el fenómeno ricotero de Sky y El Indio. Tomando ginebra y amanecido en los antros más turbios de la ciudad se sintió como en casa Luca Prodan. Y los ejemplos siguen. Entonces, repito la pregunta: ¿Desde cuándo la cultura de nuestra juventud está de moda? Desde nunca y el siglo XXI no es la excepción.

Hay muchos factores que juegan en esta realidad. En primer lugar, por lejos, su majestad el Capitalismo. Michael Jackson, el rey del pop, popularizó, valga la redundancia, una manera diferente de hacer música y hoy lo vemos reflejado por doquier. Sin embargo, cuando uno escucha “Billie Jean”, por ejemplo, puede notar que la música que acompaña al cantante proviene de una banda, de una batería, un bajo, un teclado. Lo mismo ocurre en el a-histórico hit “Beat it”, en el que Eddie Van Halen toca la guitarra. Hoy en día, las canciones pop están compuestas por un solo individuo sentado frente a una computadora, sin que medie el concepto de “banda”. De hecho, muchos otros estilos están atravesados por este fenómeno. Es que, claro, es mucho más económico pagarle a una persona que a 3, 4, 5 o más.
En segundo lugar, juega la comodidad de la crítica, presente en todos los ámbitos de la vida, de quien no se involucra, del que no tiene tiempo o voluntad de pisar un centro cultural, ir a un teatro alternativo a ver una obra autogestionada o comprarle un libro en el parque a una escritora independiente que decidió decirle que no a las editoriales. ¿Para qué comprobar con mis propios ojos lo que puede corroborar otro por mí, que además me trae la conclusión masticada hasta el living de mi casa desde la caja boba? La juventud está perdida.

No. Hay una juventud hermosa. Una juventud que estudia, que lee, que piensa, que trabaja, que sale, se divierte y genera cultura. Pero no es la cultura que conviene mostrar si lo que se busca es transformar individuos en operarios, operarios que buscan un ascenso (dicho sea de paso, ¿ascenso hacia dónde?). Operario que lucha por el pan para su familia en la villa u operario con blackberry en Puerto Madero, todos “hombres de rebaño”, en palabras de Nietzsche. Y el resto es paria, es hippie, es cumbiero, es rasta, es vago, es ladrón, es… todo menos operario, y entonces asusta. Pero gracias al cielo que no es operario, es otra oveja negra que se salió del corral y decidió no hacerle caso al perro, o podríamos decir al cerdo. Asusta porque cada una de esas escorias que deambulan por fuera del plan de la TV, aunque a la vez por dentro, en la misma ciudad y bajo las mismas condiciones y reglas, cada una de esas personas tiene algo interesante para contar, tiene una manera diferente de pensar, una reflexión que compartir, una anormalidad con la que sorprender y una frase con la que romper un poquito más tu la cabeza. Y preguntale a un pajarito si no duele romper el cascarón…

La juventud está perdida, si no se anima a perderse.